24 noviembre 2009

GOLPES DE IRA

Un, dos, tres, cuatro… estaba tirado en la lona del cuadrilátero escuchando lentamente al arbitro realizar la cuenta de protección tras recibir un fuerte crochet de izquierdas en la mandíbula. Acababa de recibir una soberana paliza en mi primer combate como boxeador neo-profesional en una velada disputada a las afueras de Madrid. Aunque sabia que algún día acabaría en el suelo no imaginaba que iba a ser de esta manera. Mi nombre es Onésimo aunque todos me llaman “El Tiri”, porque de pequeño estaba hecho un tirillas. Soy de Villaverde y por los derroteros que he llevado a lo largo de mi dilatada vida suponía que, tarde o temprano iba a terminar mal, pero la pregunta es ¿qué me ha llevado a acabar así?

Seguía tendido en la lona del ring. De fondo oía vilmente el rugir del público y al arbitro gritando la cuenta de protección: cinco, seis… el bucal lo tenía delante totalmente ensangrentado, el cuerpo no lo podía mover, la mente nublosa, la cabeza atónita y, no se por qué, me vinieron a mi dolorida cabeza acontecimientos de mi vida que, posiblemente, fueron el detonante de mi actual situación.

Soy de comprensión fuerte, mido uno ochenta y peso ochenta y cinco kilos. Llevo siempre el pelo rapado y poseo varios tatuajes vikingos en el brazo derecho. Me encantan las motos y a los 16 años ya conducía coches robados. Tengo mucho carácter, pues mi mayor defecto es el mal genio y la agresividad, quizás mi virtud principal es el orgullo.

De pequeño vivía en Vallecas, pues mis padres eran de un pueblo de Extremadura y en los años 60 se vinieron a la capital a buscarse la vida. El barrio siempre había sido conflictivo y desde pequeño aprendí que para sobrevivir en las calles era más importante ser fuerte que estudiar, por ello me juntaba siempre con lo peorcito del colegio y del barrio para realizar todo tipo de fechorías. La primera vez que pelee fue en el patio del colegio por la disputa de un balón. Nunca se me olvidará. Desde aquel día empecé a considerarme un verdadero hombre.

Mi siguientes pasos en la vida los di en el instituto del puente de Vallecas, en donde empecé a flirtear con las drogas y el tráfico de poca monta en el recreo. Las amistades cambiaron pero siempre me juntaba con mendas de la peor calaña que me llevaron a numerosas peleas a la salida del insti con compañeros de otras clases por piques absurdos. Aunque nunca perdía una pelea debido a mi rabia y falta de escrúpulos.

Repetí numerosos cursos y me echaron del instituto debido a las numerosas peleas que propiciaba y al pillarme varias veces los profesores vendiendo porros. Acabe haciendo un modulo de FP de electrónica pero solo duré un par de meses.

En casa me dieron por perdido y, para ocupar el enorme tiempo libre que tenía, me dedique a repartir propaganda por los portales del barrio o pegar carteles de conciertos de rock. Mi nueva vida era cómoda y tranquila sin broncas, peleas ni trapicheos de costo. Aunque junto con otros colegas del barrio empezamos a realizar el robo de motos de baja cilindrada que, posteriormente, vendíamos a talleres o desguaces. Siempre me ha atraído el peligro.

Las peleas y reyertas regresaron, sobre todo, con bandas de otros barrios que nos levantaban las motos o nos quitaban los clientes. Hasta que empezamos a robar coches de lujo, fue ahí cuando me pire de casa con 20 años para vivir a Villaverde, mi actual barrio. Siempre éramos los mismos, el Sebas, Salva y yo.

Fue la mejor etapa de mi vida, empecé a ganar dinero fácil robando coches de alta gama: Mercedes, BMW, Audi… que vendíamos a traficantes, estafadores, concesionarios piratas o a quien se antojaba. Y como el dinero llama el dinero, nuestra ambición fue en aumento, no si antes enemistarnos con otras bandas de la ciudad, con las consiguientes palizas y navajazos. De hecho, las dos cicatrices que poseo en el muslo y el antebrazo son fruto de navajazos en reyertas disputándonos con bandas rivales la propiedad de determinados barrios.

Hasta que nos trincaron realizando un robo y me cayeron dos años de arresto domiciliario. En ese momento pensé que podía haber sido lo que me salvo de mi carrera en picado a todo tipo de tropelías o de acabar con un disparo en la nuca o un navajazo.

Durante los dos años de arresto domiciliario tenía que acudir una vez por semana al juzgado y una vez al mes participaba en terapias con psicólogos que me intentaban rehabilitar y reconducir mi vida. Con el poco dinero que tenía vivía lo más dignamente posible. Me olvide de los robos, los trapicheos, pero de lo que no me pude olvidar fue de las malas compañías y la broncas, sobre todo, de madrugada en las discotecas. Alguna que otra vez hemos propinado palizas por encargo, sobre todo, a deudores de drogas.

Mi vida continuaba a la deriva sin rumbo y al borde del precipicio. Quizás necesitaba un golpe de suerte o tener alguna ilusión por la vida para poder salir del estilo de vida conflictivo que llevaba o, simplemente, no conocía otro tipo de vida, ya que desde pequeño siempre había vivido rodeado de violencia y desorden.

El arresto concluyo y el poco dinero que tenía ahorrado se termino, por lo que volví de nuevo a las andadas junto con una banda de aluniceros de Usera propinando golpes a joyerías de la zona adinerada de Madrid: Serrano, Velázquez, Goya… Robábamos coches de gran potencia en la ciudades limítrofes, posteriormente organizamos el asalto a la joyería, no sin antes estudiar el día y la hora del asalto. Yo estaba considerado como uno de los aluniceros más peligrosos y osados de Madrid. Hábil al volante, vehemente y muy impulsivo, en al menos cinco ocasiones estrelle el coche contra los patrullas de la Policía para huir.

Hasta que en una huida fuimos tiroteados por la Policía y el copiloto murió desangrado. En ese momento decidí dejarlo.

Los siguientes pasos o golpes que he dado en la vida fue trabajar como portero de discoteca en garitos de música house de jueves a domingo. Es un trabajo que me mola, se trabaja poco, se liga mucho y de vez en cuando propino alguna que otra paliza a algún niñato pastillero.

Los días que no trabajo voy al gimnasio para mantenerme en forma y fue allí donde conocí el boxeo. La verdad es que nunca me había fijado en este deporte pero haciendo pesas observaba a los chavales que boxeaban y el dueño del gimnasio me animo a practicarlo.

Mi vida por fin se había tranquilizado, ahora descargada toda mi rabia y adrenalina contenida boxeando. Tantos años de broncas, peleas, delincuencia, atracos, huir de la Policía, me había convertido en un ser violento y agresivo pero el boxeo me había ayudado a encauzar mi vida, sosegarme y esforzarme día a día. Toda esa ira y odio contenido durante tantos años la estaba canalizando con el boxeo y me estaba ayudando a no ser tan egoísta sino a ser más humilde y respetuoso con el rival. Estaba harto de estar enfadado con la sociedad, el sistema y conmigo mismo. Quería ser otra persona.

Poco a poco fui creciendo como boxeador y participando en numerosas veladas como amateur hasta que hoy, con 33 años debutaba como boxeador neo-profesional ante un rival con más experiencia y ranking. Lo que no sabia era la paliza que iba a recibir. Quizás sea lo que me merezco después de tantos años haciendo el mal y abusando de los más débiles.

La cuenta de protección continua: siete, ocho… miro alrededor y solo veo caras desencajadas del público, mi entrenador haciendo aspavientos, mi vista sigue nublada y borrosa; no me vienen más acciones de mi vida hasta el día de hoy y no consigo interpretar el resultado de mis desdichas.

Posiblemente fuera mi infancia, el barrio, mis padres o mi educación, el desarraigo o, simplemente, lo único que he mamado desde pequeño. Pero, por más que lo pienso la violencia no me llevado a ningún sitio, al contrario, solo me ha cargado de odio y maldad. Ahora, tirado en la lona estoy pagando las consecuencias o quizás, sea la vida la que me ha dado un duro golpe y no mi contrincante. Dicen que la vida es una metáfora del boxeo, o al revés, el boxeo es una metáfora de la vida. Porque es la vida la que me ha noqueado.

En este momento es cuando me arrepiento de todas la fechorías que he realizado a lo largo de mi vida, puede ser que tenga miedo y por eso estoy arrepentido o, simplemente, mi alma y espíritu están despidiéndose de la vida.

El árbitro sigue contando: nueve y diez. Veo de reojo al árbitro levantando el brazo derecho de mi oponente en señal de victoria. Mi entrenador es el único que sube a la lona para cerciorarse de mi estado, pues ha sido la única persona que me ha acompañado. A mis padres no les he dicho nada y mis hermanos pasan de mí. Tantos años sembrando vientos, he acabado recogiendo tempestades. Nadie se ha dignado en acompañarme. Me siento solo, asustado, por primera vez en mi vida tengo miedo. No sé si es por la soledad o por mi vulnerabilidad.

Siento como el entrenador intenta levantarme. Coge mi brazo y lo apoya en su hombro, me levanta y a duras penas consigue sentarme en el taburete de la esquina azul. Se aproxima el medico de la velada, me observa, abre mis ojos y sentencia: fuerte traumatismo craneoencefálico. Hay que llevarlo al hospital para hacer un reconocimiento.

Solo sé que aparecí en una habitación del Hospital 12 de octubre vestido con una bata blanca con numerosos contusiones en la cara y varios dedos fraccionados. A mi lado no había nadie. Volvía a estar solo aunque por primera vez en mucho tiempo volví a sonreír al certificar que estaba vivo. Creo que los golpes y el castigo recibido junto la cura de humildad a la que había sido aleccionado habían expulsado toda mi ira y odio contenido durante tantos años.

Y es que a pesar de saber que tarde o temprano recibiría un duro castigo, debido al vivir siempre al filo del abismo, entre el bien y el mal, había perdido la esencia de la vida y analizando mis últimos golpes y pasos realizados en el arte de vivir me pregunto ¿ha merecido la pena? Por supuesto que no.

GOLPES DE IRA es un relato ficticio escrito por:
Fdo: Sergio Núñez Vadillo

05 noviembre 2009

Quien siembra vientos, recoge tempestades

Hace unos días en la localidad de Elche trabajando en la producción de un espectáculo audiovisual conocí a una serie de personajes innombrables por su falta de escrúpulos y valores, que me hicieron reflexionar sobre la personalidad del ser humano.

Estos sujetos se las daban de modernos y alternativos pero su actitud ante el prójimo estaba carente de respeto y educación. Lo que me llevo a pensar que estos individuos tendrán que ser castigados a lo largo de su vida de alguna manera o la vida ponerles en el sitio que se merecen.
Dicen que la vida, antes o después, pone a cada uno en su lugar, así que, si se hacen cosas malas durante la vida, probablemente tarde o temprano esta te dará un duro escarmiento. Si siempre hacemos daño o perjudicamos a los que nos rodean, el día que les necesitemos no harán nada por ayudarnos, y si llevamos una vida basada en el interés y el egoísmo el castigo por ese tipo de actuaciones llegará en algún momento.

Por si alguien tiene alguna duda, sembrar es arrojar y esparcir las semillas en la tierra preparada para cultivar y, en este caso, usamos la metáfora de sembrar como si cada una de las acciones que hacemos a lo largo de nuestra vida fuesen semillas que vamos cultivando en nuestro campo y las situaciones que nos vamos encontrando posteriormente fuesen las cosechas que cada año se producen. Si se planta una mala semilla, el fruto obtenido será malo.

A lo largo de mi vida he conocido a un sin fin de personajes que se han aprovechado de los demás o su vida se ha basado en aparentar lo que no tienen dándoselas de importantes o superiores y, en la mayoría de las ocasiones, han recibido o están a punto de recibir un severo castigo. En la vida hay que ser felices con lo que tenemos y, si no es así, ese individuo tiene un grave problema de personalidad que tarde o temprano le pasará factura.

En la sociedad en la que vivimos basada en la competitividad se nos pretende crear una serie de necesidades y se piensa que consumiendo se pueden satisfacer estas necesidades creadas, pero en la inmensa mayoría de los casos son frustraciones personales que aunque se cubran en un determinado momento vuelven a florecer. Solo con la naturalidad, personalidad, sinceridad, cariño y amistad se puede estar a gusto con uno mismo. Lo demás es mentira.

Para el Budismo existe el karma, que sería una energía metafísica (invisible e inmensurable) que se deriva de los actos de las personas. De acuerdo con las leyes del karma, cada una de las sucesivas reencarnaciones quedaría condicionada por los actos realizados en vidas anteriores.

Pues nada, a ver lo que sembráis en vuestra vida, porque dependiendo de lo que sembréis, así será la cosecha que recojáis y recordad que la avaricia rompe el saco.