14 mayo 2009

El Capitán Alatriste

Corría el año 1998, ha llovido mucho desde entonces, yo vivía en Madrid, ya que cursaba los estudios universitarios, ¡que tiempos aquellos!, vivía en una residencia de estudiantes localizada en la Gran Vía madrileña justo encima del cine Coliseum, creo que esos años han sido hasta la fecha los mejores años de mi vida. Pero vayamos a lo que me propongo contar.

En el citado año emprendí la tarea de realizar por las tardes varios cursos de formación complementaria en distintos centros formativos de la Villa y Corte con el objetivo de ampliar mí cualificación y, por ello, me tiraba grandes tardes viajando por el subsuelo madrileño en el llamado por los indios “caballo de hierro”. Y como compañía de viaje decidí leer, pues era una manera barata de entretenerme. Para ello acudí a la biblioteca Conde Duque en donde en los largos pasillos de la citada biblioteca se confinaban un sin fin de libros: caballería, novela, amor, ficción, poesía, drama…

Y fue allí en donde descubrí a un personaje inusual para los tiempos que corren: el Capitán Diego Alatriste.

Cogí impulsivamente el libro, compuesto por tapas rusticas que me llamaron la atención, en la portada el citado Capitán con un largo bigote y una espada en su mano derecha, vestido de capa larga me desafiaba a un duelo. En la contraportada el autor, Arturo Pérez-Reverte, resumía el libro y con solo leer una frase me sentí totalmente identificado con el personaje en cuestión.

Esa misma noche en la mítica habitación 610 de la residencia ARTI comencé la aventura de leer la primera entrega del Capitán Alatriste y en tan solo un par de días y varios viajes en Metro termine de leer las batallas y desdichas de este carismático espadachín.

"No era el hombre más honesto ni el más piadoso, pero era un hombre valiente. Se llamaba Diego Alatriste y Tenorio, y había luchado como soldado de los tercios viejos en las guerras de Flandes...”

Con estas palabras empieza El capitán Alatriste, la historia de un soldado veterano de los tercios de Flandes que malvive como espadachín a sueldo en el Madrid del siglo XVII. Sus aventuras peligrosas y apasionantes nos sumergen sin aliento en las intrigas de la Corte de una España corrupta y en decadencia, las emboscadas en callejones oscuros entre el brillo de dos aceros, las tabernas donde Francisco de Quevedo compone sonetos entre pendencias y botellas de vino, o los corrales de comedias donde las representaciones de Lope de Vega terminan a cuchilladas. Todo ello de la mano de personajes entrañables o fascinantes: el joven Íñigo Balboa, el implacable inquisidor fray Emilio Bocanegra, el peligroso asesino Gualterio Malatesta, o el diabólico secretario del rey, Luis de Alquézar. Acción, historia y aventura se dan cita en estas páginas inolvidables.

Posteriormente he seguido leyendo las siguientes entregas, un total de seis, al igual que vi la película “Alatriste” protagonizada por Viggo Mortensen en donde interpreta a un personaje bronquista del siglo XII que muere en la batalla de Rocroi.

Al Capitán Alatriste le tengo mucho que agradecer, pues fue el culpable de adentrarme en la lectura, ya que hasta entonces no tenía ninguna simpatía por los libros, además me acompaño muchas tardes por el subsuelo madrileño y conocí la historia y las calles del Madrid castizo del siglo de oro por medio de sus aventuras e, incluso, mi afición por escribir ha venido dada por mi afición a leer.

Desde entonces han pasado más de diez años, la vida ha dado muchas vueltas, y personajes valientes y honestos como Alatriste son sustituidos en la actualidad por otros personajes indignos que nos rodean por todas partes.

Este artículo de opinión personal no sé si pretende realmente rememorar la figura de Diego Alastriste o, por el contrario, recordar mi etapa vivida hace la friolera de diez años en Madrid. Prometo una próxima entrega en este blog de mis andanzas por la capital de España. No dejare títere con cabeza…